Salsa del alma
Se acostumbra a decir que los latinos tenemos cierta “salsa”, que es como un condimento de nuestra forma de ser, una alegría peculiar, como una “marca registrada” que nos identifica de las demás razas.
Así también es con los cristianos, o al menos, debería de serlo, pues llevamos en nosotros la marca de la Promesa y lo escribo con mayúscula, porque las Promesas son las más lindas palabras de aliento de Dios que encontramos en la Biblia, tantas promesas!! Todas ellas tendrán su cumplimiento en nuestra vida, a su debido tiempo, porque ““Dios no miente”!(Tt 1, 2)
Una de sus Promesas fue el Espíritu Santo (Hch 1, 4) ese mismo Espíritu que “aleteaba” sobre las aguas, en el caos del Génesis. Está también sobre nosotros, es la gran Promesa, la que dio vida y valor a los apóstoles después de la muerte de Jesús, el mismo que despierta y mantiene a la Iglesia, el mismo que nos inspira buenas acciones. Pero, ¿ya te imaginaste lo que sería nuestra vida si nos dejáramos conducir totalmente por él?
Tendría verdadera “salsa”, verdadera alegría, pues uno de los frutos de su presencia en nosotros, es precisamente la alegría! Sabríamos distinguir la voluntad de Dios, tendríamos una aguda visión espiritual, en fin… tendría totalmente otro sentido!
Dice la Palabra que el Espíritu “aleteaba”, es decir estaba en vuelo, pero quieto, sobre las aguas (Gn 1, 2), en medio del caos, y luego, por su acción, Dios comenzó la creación. En realidad, todo ya estaba “creado”, pero el Espíritu descendió hasta lo profundo de la tierra para traer hasta la superficie lo que ya había sido creado por Dios. De esa misma forma, mi herman@, el Espíritu de la Promesa, el que paró sobre el caos, para, reposa sobre vos!!
Él quiere sacar de lo profundo de tu ser, todo lo bueno que ya Dios, desde toda eternidad, depositó. ¿Querés ser lo que Dios desea? ¿Querés vivir las aventuras más lindas que ya hayas podido imaginar? ¿Querés experimentar la osadía de enfrentar la vida en Dios? Dejale entonces, al Espíritu que entre y rescate desde el fondo de tu alma, todas tus virtudes, dones y talentos. Descubrí cuan buen@ podés ser! Sólo basta llamarle, clamar por Él: ““Ven, Espíritu Santo. Ven, Espíritu Santo. Ven, Espíritu Santo”…hasta que sientas que tu clamor brota desde tu propia necesidad y se transforma en el pedido más sincero de tu alma. Luego de llamarlo, disfrutá de su presencia y permanece en silencio para escuchar, en tu corazón, en tu mente, las direcciones para tu vida.
En todo momento del día, podés hacer de esta sencilla jaculatoria una “compañía” diaria. Al levantarte: “Ven, Espíritu Santo”, al estar en tus quehaceres: “Ven, Espíritu Santo”, en los dilemas cotidianos: “Ven, Espíritu Santo”, en las decisiones: “Ven, Espíritu Santo”, en tu hablar: “Ven, Espíritu Santo”, en tu mirada: “Ven, Espíritu Santo”, en tu vestir: “Ven, Espíritu Santo” todo tiempo: “Ven, Espíritu Santo”, al acabar el día, para que descanses en tus sueños: “Ven, Espíritu Santo”
Hace la experiencia de vivir con esta “marca” del cristiano. Después, contame sus resultados.
