Yo estuve con un exorcista.
Está de nuevo aquí, en nuestra comunidad de Canción Nueva, el Padre Rufus Pereira, un ya bien conocido sacerdote de nuestra Iglesia. Es ante todo, conocido por su ministerio de sanación interior y liberación.Hoy en día es el vicepresidente de la Asociación Internacional de Exorcistas lo cual equivale a tener la licencia del Vaticano para realizar exorcismos, es también, presidente de la Asociación Internacional del Ministerio para la Liberación.
En fin, tiene un extenso currículo, pero lo que más me llamó la atención de este sacerdote de Dios, es su amor por las personas.
Tuve la gracia de acompañarlo tanto aquí, en el Brasil, como también en el Paraguay. Me preguntaron y aun hoy me siguen preguntando: ¿y no sentías miedo al estar rezando con él? … pues, no, no porque no soy yo la exorcista, es él quien tiene el ministerio. Además, un exorcismo, al menos con el P.Rufus, no es nada parecido a lo que el séptimo arte nos presenta, ni peor, en todo caso, es sólo peor porque no es ficción. Pero no es ese intercambio de histerismo entre exorcista y oprimido, o poseído. Es bien diferente. Claro, no pongo en cuestionamiento el hecho de que existen verdaderos casos pesados, pero este padre sólo ora en voz baja y no responde con volumen alto a las instigaciones del maligno.
El amor es lo que saca fuera al odio, según la propia Palabra. Y es ese amor el que veo cada vez que estoy con el P.Rufus.
Recuerdo un caso bien difícil, una chica de sólo 19 años, había estado en esta situación hacía mucho tiempo. Había sido consagrada a satanás en su infancia, por sus propios padres, ella misma, ya conciente, se había consagrado también. Llegó a beber sangre humana, llevaba una vida totalmente desordenada. Vicios, prostitución, en fin, la pobre joven, era un objeto del maligno.
Hasta que llegó al retiro. En la última “sesión”, por así decirlo, entramos con el Padre al cuarto donde ella se encontraba. La escena sí era de película, ella se contorsionaba, rugía y seis hombres la sujetaban, porque ella sólo quería tomar al padre para lastimarlo. Comenzó la oración … por momentos se calmaba, por momentos volvía a poner su rostro muy agresivo, y a contorsionarse. Con mucha oración, comienza a calmarse. El padre sólo se sienta frente a la persona, y ora bien bajo, pide que nadie ore en voz alta, sino que sólo en el corazón y en la mente. Todo se desarrolla en paz, claro, con las reacciones de la “víctima”, pero sin mayores gritos por parte del sacerdote, todo lo contrario.
Llegado un momento, el padre se sienta al lado de la chica, cuando ya ha pasado por el ritual de exorcismo, y ella está más calmada, siempre con los hombres atentos, en caso de posibles reacciónes viloentas. Pone sus manos sacerdotales sobre su cabeza, y ella cae en un profundo reposo, en los regazos del padre. Él hace una oración mirando al cielo. Baja la cabeza y después de un rato, la chica despierta. Tiene una mirada totalmente diferente, parece como si hubiera estado dormida por horas. Llora, abraza al padre y comienza a agradecerle, lo toma de la mano, le dice que no quería hacerle daño, y le confiesa su inmenso cariño. El padre, sólo sonríe levemente y atribuye esta nueva victoria al amor misericordioso de Dios.
Al final, el padre Rufus me revela la oración que hizo al mirar al cielo: “Padre, oh, Padre, yo me estoy yendo de este país mañana, ten misericordia de esta hija tuya, ¡libérala! Por tu gran amor y misericordia” Fue después de esta corta oración que ella quedó en reposo.
Y si, mi hermano, fue así, entre otras cosas, pero fue un baño en la misericordia para mí.
Sólo deseo que de entre nosotros, se levante un pueblo que no caiga de miedo y sucumba ante el mal, sino que lo enfrente con el amor. Pido que Dios levante santos sacerdotes que tengan el ministerio de llevar la liberación y la sanación a través del amor de Dios, que es lo que realmente renueva el alma, sana los corazones y ocasiona los mayores milagros y prodigios.
