¿A quién no le ha pasado que, estando en este camino de fe y conversión, se ve enfrentado por personas que recuerdan tus grandes caídas del pasado, que tal vez ya están sepultadas, borradas y ni recordadas por el propio Jesús por medio del sacramento de la confesión?

O aveces, somos nosotros mismos quienes nos condenamos por lo vivido en el pasado, o incluso en nuestro presente.

“Yo, que participo de la Misa, doy catequesis, participo del grupo de oración, predico y canto…¿cómo pude haber pecado así, incluso, después de haberme confesado hace poco y luego de haber vivido ese hermoso retiro?”, es lo que se suele decir…

Pero nos olvidamos de que si ya estuviésemos viviendo la perfección, ya no estaríamos aquí en la tierra…o lo que es peor, Cristo ya no seria nuestro salvador. Él, ¿de qué nos tendría que perdonar?

Si estando en la presencia de Dios, seguimos pecando y seguimos teniendo miserias, ¿te imaginas cómo seríamos de pecadores y de miserables sin estar en su presencia?

La santidad no se resume en el no tener pecados. Más que estar libre de todo pecado, es CAMINAR, PERSEVERAR, LEVANTARSE, RECONCILIARSE CON DIOS, y SIEMPRE LUCHAR. Pero si caemos, ánimo!. Caminemos, perseveremos, levantémonos, reconciliémonos con Dios y sigamos luchando.

Dios te bendice

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