Toda la fuerza de la penitencia reside en ella misma, constituyéndonos en la gracia de Dios y de unirnos a Él con amistad. Por lo tanto, la finalidad y el efecto de este sacramento es la reconciliación con el Señor. Los que reciben el sacramento de la penitencia, con el corazón contrito y disposición religiosa, “pueden disfrutar de la paz y tranquilidad de la consciencia, que viene acompañada de una intensa consolación espiritual. De hecho, el sacramento de la reconciliación con Dios trae una verdadera” resurrección espiritual, una reconstitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, entre los cuales el más precioso es el de la amistad de Dios.

La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa los elementos esenciales de este sacramento: el Padre de las misericordias es la fuente de todo perdón. Él realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y por el Don del Espirito, a través de la oración y ministerio de la Iglesia.

Dios, Padre de misericordia, que, por la Muerte y Resurrección de su hijo, reconcilió al mundo consigo mismo y envió el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo” (Ritual Romano, Rito de la Penitencia).

Por las indulgencias, los fieles pueden alcanzar para sí mismos y también para las almas del purgatorio la remisión de las penas temporales, consecuencias de los pecados. Este sacramento es la reconciliación con la Iglesia. El pecado interrumpe o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la penitencia la repara o restaura. En este sentido, no sana solamente al que es restablecido en la comunión eclesial, sino también hay un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia, que sufre con el pecado de uno de sus miembros.

No debemos olvidar que la reconciliación con Dios tiene como consecuencia otra reconciliación capaz de remediar otras rupturas ocasionadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en lo más íntimo de su ser, cuando recupera su propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos que, de alguna forma, ofendió e hirió, se reconcilia con la Iglesia, y se reconcilia con toda la creación.

En este sacramento, el pecador, se entrega al juicio misericordioso del Todopoderoso, anticipa, de alguna manera, el juicio ante el cual se debe comparecer al final de la vida en esta tierra. Porque es ahora, en esta vida, que se nos ofrece elegir entre la vida y la muerte, y sólo por el camino de la conversión podremos entrar en el Reino del cual somos excluidos por un pecado grave. Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y por la fe, el pecador pasa de la muerte para la vida “porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su hijo” (cf. Jn 5,22).

Profesor Felipe Aquino

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